Durante los cerca de 110.000 años que cosecha a sus espaldas la capa de hielo de Groenlandia, nunca antes en la historia había visto menguado su tamaño tanto como lo está a día de hoy. Un problema al que se une la reducción de la banquisa ártica, que en septiembre de 2012 alcanzaba su record mínimo de extensión y que, en conjunto, reciben el nombre de deshielo ártico. Atribuido tras numerosos estudios a los efectos del calentamiento global, el deshielo ártico no solo supone la reducción de la capa de hielo y el aumento del nivel del mar, sino que conlleva tras de sí una serie de problemas añadidos que no hacen otra cosa que agravar aún más la situación.

La emisión de carbono a causa del deshielo ártico es uno de los últimos datos preocupantes arrojados a la luz por un grupo de investigadores de la Universidad de Estocolmo. Una consecuencia directa de la reducción del permafrost, o capa de hielo, que deja al descubierto depósitos ocultos que llegan a emitir hasta 44 millones de toneladas de carbono por año. Cifras que se traducen en una emisión de carbono en el ártico diez veces superior a lo previsto en anteriores investigaciones científicas. Una cantidad elevada de carbono que fomenta la continuidad del efecto invernadero, lo que conlleva también emisiones de metano a consecuencia del deshielo ártico.
A estos problemas, habría que añadirle la esperada perturbación de la corriente del Golfo a consecuencia de la circulación termohalina que el deshielo ártico puede provocar, algo aún lejano en el tiempo. Un tiempo del que, a día de hoy, los animales que conforman la fauna terrestre y marina de esta zona del ártico ya no disponen. Todo, a consecuencia de la disminución de la capa de hielo tanto en extensión como en grosor, un problema este último que puede resultar mortal en el caso de la fauna del Ártico como los osos polares que, a diario, ven como se reduce su territorio natural por el acelerado deshielo.
Foto de timo_w2s
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