En el corazón de los Andes, entre Bolivia y Perú, se erige el lago navegable más alto del mundo. 3.810 metros sobre el nivel del mar y una superficie de 8.562 kilómetros cuadrados. Esta inmensa mancha de color azul turquesa en el Altiplano de Sudamérica se conoce con el nombre de lago Titicaca.
Allí viven las etnias aymara, quechua y uru en condiciones inverosímiles para la cultura occidental: el sueldo de una familia entera ronda los 12 euros al mes y la mayoría de la población no tiene agua (por ello construyen pozos caseros), electricidad ni sanidad (sobreviven con la medicina tradicional). Un presente y un futuro muy difícil para los miles de indígenas que viven allí, principalmente de la pesca. Su material más preciado es la totora, una especie de junco acuático con el que construyen desde islas flotantes y viviendas hasta balsas y todo tipo de objetos. El turismo, el cultivo de alimentos básicos como la patata, la artesanía textil y el trueque son la base de su economía.

En la actualidad, los habitantes del lago Titicaca se enfrentan a dos retos: por un lado, la sequía como consecuencia del cambio climático y la escasez de lluvia (el nivel del lago alcanzó su cota más baja hace tres años); y por otro lado la contaminación de sus aguas por el vertido de residuos tóxicos (tanto en el lago como en sus principales ríos tributarios). De hecho, en las altas aguas del Titicaca se ha encontrado basura, minerales como zinc o arsénico, detergentes, residuos industriales, petróleo, aceites y otras sustancias tóxicas.
Para darle la vuelta a esta situación varias organizaciones han puesto en marcha proyectos en la zona para fomentar la utilización sostenible del agua, para favorecer el desarrollo de sistemas de agua potable y para educar a las nuevas generaciones que acuden a las escuelas locales con el objetivo de que tomen conciencia del grave daño que provoca verter residuos en el lago para su propia alimentación y subsistencia. Una nueva cultura del agua es necesaria. También en Titicaca.
Foto de Frank_am_Main
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